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Senador John Kerry “El camino hacia adelante” Georgetown University 26 de octubre del 2005 Versión de presentación Hace unas semanas salí de la ciudad de Mosul en Iraq. En la parte delantera del avión C-130 viajábamos juntos tres Senadores y otro personal. En el medio del inmenso compartimiento de carga había un sencillo ataúd de aluminio con una pequeña bandera estadounidense colocada sobre el mismo. Estábamos trayendo a otro de nuestros soldados, muerto recientemente, a su familia y último lugar de descanso. Lo descarnado de su ataúd en el centro del compartimiento de carga, el silencio, excepto por el ruido de los motores, era un frío recordatorio de las consecuencias reales de las decisiones por las que nosotros los Senadores compartimos responsabilidad. Al llegar a Kuwait, una bandera más grande fue transferida para cubrir totalmente su ataúd y luego, junto con el personal de registro de tumbas, servimos como su guardia de honor durante su ceremoniosa transferencia del avión al camión que lo esperaba. Al cerrarse las puertas, yo pensé por qué todo el pueblo estadounidense no tiene el derecho a verlo llegar a la Base de la Fuerza Aérea en Dover, en lugar de esconderlo de una nación que merece lamentar y llorar junta, con verdad y a la luz del día. Su viaje solitario nos obliga a todos a aceptar nuestras decisiones con respecto a Iraq. Ahora, más de 2,000 valientes estadounidenses han dado sus vidas, y muchos cientos de miles más han hecho todo lo posible para vadear el conflicto civil interno de Iraq. Un Iraq que es cada vez más lo que no era antes de la guerra; un criadero de terroristas locales y un imán para terroristas extranjeros. Estamos entrando en un período de seis meses de éxito o ruina, y yo quiero explicarles los pasos que debemos tomar si tenemos esperanzas de traer a nuestras tropas de vuelta a casa dentro de un período de tiempo razonable, de un Iraq no destrozado permanentemente por un conflicto incontenible. Nunca es fácil hablar de lo que ha salido mal mientras nuestras tropas están en constante peligro. Yo conozco este dilema por experiencia propia. Después de mi tiempo de servicio en guerra, regresé a casa para aportar mi propia voz personal de desacuerdo. Lo hice porque estaba totalmente convencido de que comunicarles la verdad a los que gobiernan era lo menos que podíamos hacer por aquellos que arriesgan sus vidas. Y nuestra convicción no ha cambiado. En realidad, mientras algunos dicen que las preguntas difíciles no deben hacerse porque estamos en guerra, yo digo no; es en los tiempos de guerra cuando debemos hacer las preguntas más difíciles de todas. Es esencial si queremos corregir nuestro rumbo y hacer lo correcto por nuestras tropas en lugar de repetir los mismos errores una y otra vez. Independientemente de lo que diga el Presidente, el hacer preguntas difíciles no es pesimismo, sino patriotismo. Nuestras tropas han demostrado valentía y determinación en su servicio militar. La nobleza de su servicio al país jamás podrá ser menoscabada por los errores de los políticos. Las familias estadounidenses que han perdido o temen perder a sus seres queridos merecen saber la verdad sobre lo que les hemos solicitado que hagan, lo que hacemos para finalizar la misión, y lo que hacemos para impedir el atrapamiento de nuestras fuerzas en una contienda sin fin. Algunas personas preferirían no hablar sobre eso. Más bien, ellos quieren revisar y rescribir la historia de nuestro enredo en Iraq para los libros de historia. Trágicamente, esa forma de actuar se ha convertido en la forma normal de actuar de una administración que en general no reconoce las realidades, aportadas o no por científicos, denunciantes de prácticas ilegales o corruptas, periodistas, líderes militares o el sentido común de todos los ciudadanos. En un momento cuando muchos se preocupan de que nos hemos convertido en una sociedad de relativistas morales, muy pocos se preocupan de que tenemos un gobierno de relativistas de la realidad. No nos engañemos sobre Iraq. Saddam Hussein fue un dictador brutal que merece su lugar especial en el infierno. Pero eso no fue la razón por la cual los Estados Unidos declaró la guerra. El país y el Congreso fueron engañados para ir a la guerra. Lamento que no nos hayan dicho la verdad; tal como indiqué hace más de un año atrás, sabiendo lo que sabemos ahora, yo no habría consentido en hacerle la guerra a Iraq. Y conociendo ahora la plena medida de la duplicidad e incompetencia de la Administración Bush, dudo que haya muchos miembros del Congreso que les darían la autoridad de la que abusaron tan mal. Yo sé que yo no les daría esa autoridad. La verdad es que si la Administración Bush hubiera reconocido ante el Senado de los Estados Unidos que no había una clara confirmación de la posesión de armas de destrucción masiva por parte de Saddam Hussein, ni que Iraq estaba conectado con los eventos del 11 de septiembre del 2001, ni siquiera habría habido un voto para autorizar el uso de la fuerza; tal como no hay voto alguno ahora para invadir Corea del Norte, Irán, Cuba o un número de gobiernos que nos disgustan. Entiendo que auque mucho lo deseemos, no podemos cambiar la historia. Hay, según alguna vez lo expresara Robert Kennedy, 'culpa suficiente para todos' y yo acepto mi parte de la responsabilidad. Pero los errores del pasado, sin importar quien los cometiera, no justifican en forma alguna continuar errando y juzgando mal en el futuro ni seguir perdiendo vidas de compatriotas en forma ilimitada. Todos tenemos la responsabilidad ante nuestro país y conciencia, de ser sinceros acerca de cómo proseguir desde ahora. Es el momento para aquellos de nosotros que creemos en un mejor rumbo de decirlo sin rodeos y claramente. Estamos donde estamos. La frívola provocación del Presidente "ataquen pues" dirigida a los insurgentes ha descubierto un significado que excede sus peores expectativas, una penosa realidad para las tropas que aún carecen del blindaje protector adecuado. Hemos cambiado un dictador por un caos que hace menos seguro a los Estados Unidos, y la misión que el Presidente alguna vez declaró lograda, sigue peligrosamente no terminada. Para fijar un nuevo rumbo, debemos ser fuertes, inteligentes y honestos. Tal como aprendimos durante la Guerra de Vietnam, ningún presidente puede continuar una guerra sin el apoyo de la población estadounidense. En el caso de Iraq, su paciencia está agotada y a punto de llegar a límite porque los estadounidenses no toleran que nuestras tropas estén dando su vida sin una estrategia clara, y no tolerarán los escenarios vagos ni las perspectivas de color de rosa cuando se requieren respuestas inmediatas. Es hora de que los líderes sean honestos con respecto a que, si no cambiamos el rumbo, existe la posibilidad de un conflicto indefinido, y aun sin fin; un destino insostenible para nuestras tropas, y un futuro inaceptable para la población estadounidense y los iraquíes que rezan para ver el día cuando haya un Iraq estable que pertenezca sólo a los iraquíes. El camino hacia adelante no será fácil. La incompetencia de la Administración y el hecho de que no quiera escuchar ha hecho la tarea mucho más ardua, y ha limitado lo que esperamos lograr. Pero hay una forma de avanzar que nos da la mejor oportunidad para salvar tanto una situación difícil en Iraq como vidas estadounidenses e iraquíes. Con tanto en juego, debemos seguirla. Para comenzar, debemos reconocer que nuestras opciones en Iraq hoy en día no son lo que deberían ser o podrían haber sido. La razón es sencilla. Esta Administración enganchó su carroza con los ideólogos, excluyendo a aquellos que pretendieron decirle la verdad, incluso a líderes de su mismo partido y líderes de los militares uniformados. Cuando después del 11 de septiembre las banderas volaban de todo patio y terraza a través de los Estados Unidos y las primeras planas de los periódicos extranjeros proclamaban "Ahora somos todos estadounidenses", la Administración podría haber mantenido unido al mundo, pero ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados. En lugar, alejaron a los aliados, aislaron a los Estados Unidos, y perdieron la influencia que necesitamos desesperadamente hoy día. Cuando podrían haber requerido y haberse valido de información de inteligencia precisa y fiable en lugar de manipular la información de inteligencia, eligieron no hacerlo. Estaban equivocados; sin embargo sacrificaron nuestra credibilidad en EE.UU. y en el exterior. Cuando podrían haberle dado tiempo a los inspectores para descubrir si Saddam Hussein tenía realmente armas de destrucción masiva, cuando podrían haber prestado atención al informe del Embajador Wilson, ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados. Más bien, ellos lo atacaron, y atacaron a su esposa para justificar su ataque a Iraq. No sabemos aun si esto será una ofensa procesable en un tribunal judicial, pero por aquella, y por engañar a la nación para conducirla a la guerra, serán acusados por el alto tribunal de la historia. La historia juzgará la invasión de Iraq como uno de los mayores fiascos de política exterior de todos los tiempos. Pero los errores no se limitaron a la decisión de invadir. Más bien se apilaron uno encima del otro. Cuando podían haberle escuchado al General Shinseki y haber puesto suficientes tropas para mantener el orden, ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados. Cuando podían haber aprendido de George Herbert Walker Bush y construido una coalición mundial auténtica, ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados. Cuando podían haber implementado un plan detallado del Departamento de Estado para reconstruir Iraq después de Saddam, ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados nuevamente. Cuando podían haber protegido a las fuerzas estadounidenses mediante el resguardo de los depósitos de municiones de Saddam Hussein donde había armas de destrucción individual, ellos expusieron a nuestros hombres y mujeres jóvenes a las municiones que ahora les mutila y mata porque ellos eligieron no actuar. Y estaban equivocados. Cuando podían haber impuesto inmediatamente el orden y la estructura en Bagdad después de la caída de Saddam, Rumsfeld se encogió de hombros, sostuvo que Bagdad era más segura que Washington D.C. y eligió no hacer nada. Y estaba equivocado. Cuando la Administración podía haber mantenido intacto con criterio selectivo a un ejército iraquí, ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados. Cuando podían haber mantenido funcionando toda la estructura civil para suministrar servicios básicos a los ciudadanos de Iraq, ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados. Cuando podían haber aceptado las ofertas de las Naciones Unidas y países individuales para proporcionar personal de mantenimiento de la paz en el suelo iraquí y asistencia para la reconstrucción, ellos eligieron no hacerlo. Y estaban equivocados. Cuando debían haberle comunicado sinceramente a la población estadounidense que la sublevación había crecido, ellos eligieron no hacerlo. El Vicepresidente Cheney aun afirmó absurdamente que “la sublevación estaba agonizando”. Y estaba equivocado. Ahora, después de todos estos errores, la Administración acusa de querer "desertar" a todo aquel que propone un mejor rumbo. Pero tenemos problemas hoy en día precisamente debido a una política de "desertación". Esta Administración eligió equivocadamente "desertar" de la buena inteligencia y buena diplomacia, "desertar" del mejor asesoramiento militar, "desertar" de la prudente planificación para tiempos de guerra, "desertar" de su responsabilidad de proteger y equipar adecuadamente a nuestras tropas, "desertar" de las lecciones de historia acerca del Medio Oriente, "desertar" de todo sentido común. Y aun hoy en día desertan de la verdad. Este difícil camino por el que hemos viajado exige la pura verdad acerca del camino adelante. A aquellos que sugieren que debiéramos retirar inmediatamente todas las tropas; ¡yo les digo No! Una retirada precipitosa invitaría el caos civil y de las regiones, y pondría en peligro nuestra propia seguridad. Pero a aquellos que se fían de la frase demasiado simplista "nos quedaremos el tiempo necesario" y pretenden que ésta es una guerra principalmente contra Al Qaeda, y que participan diplomáticamente en forma esporádica y vacilante, yo también les digo, No, eso sólo nos conducirá a un atolladero. La forma hacia adelante en Iraq es sin retirarnos precipitosamente ni sólo prometiendo quedarnos "el tiempo necesario". Para debilitar la sublevación, más bien debemos perseguir simultáneamente un acuerdo político y el retiro de las fuerzas de combate estadounidenses asociados a puntos de referencia específicos y fiables. En el primer punto de referencia, la finalización de las elecciones de diciembre, podemos comenzar el proceso de reducción de nuestras fuerzas mediante el retiro de 20,000 tropas durante el tiempo que duren los días festivos. La Administración deberá darles inmediatamente al Congreso y a la población estadounidense un plan detallado para la transferencia de las responsabilidades de los militares y policías, con base de sector por sector, a los iraquíes, a fin de que la mayoría de nuestras fuerzas de combate puedan ser retiradas. Basta de trucos, basta de informes de progreso falsos; lo que queremos son objetivos específicos y mensurables. Es cierto que, con mayor frecuencia, los soldados luchan lado a lado con los iraquíes, dispuestos a arriesgar sus vidas para lograr un mejor futuro. Pero la historia demuestra que, por sí solas, las armas no ponen fin a una sublevación. La verdadera lucha en Iraq, es decir, la de sunitas versus chiítas, sólo será resuelta por una solución política, y no se puede lograr ninguna solución política cuando los antagonistas cuentan con la presencia indefinida y a gran escala de las tropas de combate estadounidenses de ocupación. De hecho, debido a que perdimos la ventaja del momento de nuestra victoria militar, porque no les suministramos servicios a los iraquíes ni les permitimos elegir sus líderes al comienzo, nuestra presencia militar en cantidades grandes y visibles se ha convertido en una parte del problema, no la solución. Y nuestros generales entienden esto. El General George Casey, nuestro máximo comandante militar en Iraq, recientemente le indicó al Congreso que nuestra gran presencia militar "alimenta la noción de una ocupación" y "prolonga la cantidad de tiempo que demorará para que las fuerzas de seguridad iraquíes sean autosuficientes”. Y Melvin Laird, Secretario de Defensa de Richard Nixon, rompiendo su silencio de treinta años, escribió lo siguiente: “Nuestra presencia es lo que alimenta la sublevación, y nuestro retiro gradual alimentaría la confianza y la capacidad de los iraquíes promedio para oponerse a la sublevación”. No es para menos que la Comisión de Soberanía del Parlamento Iraquí ya esté solicitando una agenda para el retiro de nuestras tropas; sin esto, los iraquíes creen que Iraq nunca será su propio país. Debemos movernos agresivamente para reducir el apoyo popular a la sublevación, alimentado por la percepción de una ocupación estadounidense. La declaración de quedarnos 'el tiempo necesario' sin ningún límite les permite a las facciones iraquíes maniobrar para su propia ventaja política, haciendo que nos quedemos el tiempo que ellos quieran, y se convierte en una excusa para que miles de millones de dólares de impuestos estadounidenses sean enviados a Iraq y desviados a los cofres de los compinches y corruptos. Será difícil para esta Administración, pero es esencial reconocer que la sublevación no será vencida a menos que nuestros niveles de tropas bajen, comenzando inmediatamente después de unas elecciones exitosas en diciembre. La reducción de las tropas deberá asociarse no con una agenda arbitraria, si no con una agenda específica para la transferencia de las responsabilidades políticas y de seguridad a los iraquíes y la realineación de nuestro despliegue militar. Esa agenda deberá ser real y estricta. El objetivo debe ser el retiro de la mayoría de las fuerzas de combate estadounidenses a más tardar al final del próximo año. Si la Administración hace su trabajo correctamente, eso se puede lograr. Nuestra estrategia debe alcanzar una solución política que prive todo apoyo a la sublevación dominada por los sunitas, mediante su participación en el futuro de su país. La Constitución, opuesta por más de dos tercios de los sunitas, ha pospuesto e incluso agravado la crisis fundamental de Iraq. Los sunitas quieren un fuerte gobierno nacional y secular que distribuya equitativamente los ingresos del petróleo. Los chiítas quieren controlar su propia región y recursos dentro de un estado islámico débilmente unido. Y los kurdos sencillamente quieren que los dejen solos. Hasta que se logre un acuerdo que sea aceptable para todos, no podrá crearse una base sunita que aísle a los baatistas y jihadistas fieles y desactive la sublevación. La Administración debe utilizar todas las ventajas del arsenal estadounidense: nuestra diplomacia, la presencia de nuestras tropas y nuestro dinero de reconstrucción, para convencer a los chiítas y kurdos a que presten atención a las preocupaciones legítimas de los sunitas, y para hacer que los sunitas acepten la realidad de que ellos ya no dominarán Iraq. Nosotros no podemos ni debemos hacer esto solos. La Administración debe incluir en las negociaciones todo el peso de los vecinos sunitas de Iraq. Ellos también tienen un gran interés en un Iraq estable. En lugar de solamente decirnos que Iraq se está destruyendo, como lo hizo recientemente el ministro del exterior saudita, ellos deben contribuir su parte para reconstruir Iraq. Hemos demostrado ser un aliado fuerte de muchas de las naciones en la región. Ahora es su turno para hacer su parte. La Administración debe convocar inmediatamente una conferencia entre los vecinos de Iraq, Inglaterra, Turquía y otros aliados importantes de la OTAN, y Rusia. Todos estos países tienen influencia y relaciones con varios de los partidos en Iraq. Juntos, debemos implementar una estrategia colectiva para lograr un acuerdo político sostenible que sea aceptable para todas las partes iraquíes. Ésta debe incluir la obtención de garantías de seguridad mutuas entre los mismos iraquíes. Los líderes chiítas y kurdos tienen que comprometerse a no masacrar a los sunitas en el período después de las elecciones. A su vez, los líderes sunitas deberán suspender su apoyo a los sublevados, incluyendo los que atacan a los chiítas. Y los kurdos deberán comprometerse explícitamente ellos mismos a no declarar su independencia. Para obtener el apoyo de los vecinos sunitas de Iraq, debemos comprometernos a utilizar una nueva estructura de seguridad regional que garantice la tranquilidad de los países de la región y de la más amplia comunidad de naciones. Esto requiere un proceso por fases, incluyendo mejores programas de asistencia de seguridad, ejercicios conjuntos, y participación por parte de los países fuera y dentro del Medio Oriente. El embajador Khalilzad está realizando un trabajo fenomenal en sus negociaciones para lograr un mejor acuerdo entre las partes de Iraq. Pero no puede hacerlo solo. El Presidente debería nombrar inmediatamente a un enviado de alto nivel para maximizar nuestra diplomacia en Iraq y la región. La demostración a los sunitas de los beneficios que les esperan si continúan su participación en el proceso de construcción de Iraq, puede ser algo muy beneficioso para lograr la estabilidad. Nosotros debemos exigirles a estos países que implementen un fondo de reconstrucción específicamente para las áreas de mayoría sunita. Es hora que cumplan con sus promesas de proporcionarle fondos a Iraq. Aun las mejoras de corto plazo, como el suministro de electricidad y el suministro de combustible diesel, una oferta hecha por los sauditas que todavía no han cumplido, puede significar una diferencia real. Tenemos que acelerar nuestros rezagados esfuerzos de reconstrucción mediante la aportación del personal civil necesario para realizar el trabajo, la activación de equipos de reconstrucción civil-militar a través de todo el país, la racionalización del desembolso de los fondos a las provincias para que puedan suministrar servicios, la expansión de los programas de creación de trabajos, y el fortalecimiento de las capacidades de los ministerios del gobierno. Debemos dejar bien entendido ahora que no queremos bases militares permanentes en Iraq, ni una gran fuerza de combate en el suelo iraquí indefinidamente. Y, durante el retiro de nuestras tropas de combate, debemos estar listos para mantener un nivel apreciablemente menor de fuerzas estadounidenses en Iraq, según lo solicite el gobierno iraquí, para el fin de capacitar a sus fuerzas de seguridad. Algunas de las tropas estadounidenses capacitadas para combatir todavía serán necesarias para proteger a los estadounidenses que realicen la función de capacitación, pero ellos estarán allí sólo para hacer eso y respaldar los esfuerzos de los iraquíes, no para ir a combate por los iraquíes. Simultáneamente, el Presidente debe disponer que la capacitación de las fuerzas de seguridad iraquíes se haga de acuerdo con un plan de tiempo de guerra de seis meses y garantizar que el gobierno iraquí tenga el presupuesto para desplegar sus fuerzas. La Administración debe descontinuar el uso del requisito de capacitación de las tropas dentro del país como una excusa para no aceptar las ofertas de mayor contribución hechas por Egipto, Jordania, Francia y Alemania. Esta semana, las ya antiguas sospechas de complicidad por parte de Siria para desestabilizar el Líbano fueron expuestas por la comunidad de naciones. Y sabemos que Siria no ha tomado los pasos agresivos necesarios para impedir el uso de su territorio por parte de los antiguos baatistas y combatientes extranjeros como una ruta de tránsito para entrar a Iraq. La Administración debe exigirle al nuevo gobierno iraquí que solicite una fuerza multinacional para facilitar la protección de las fronteras de Iraq hasta que se forme un ejército nacional capaz. Esta fuerza, si la autoriza el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidad, podría atraer la participación de los vecinos de Iraq y de países como India, y sería un paso importante para detener la corriente de sublevados y dinero que va a Iraq. Finalmente, y sin más demora, debemos alterar fundamentalmente el despliegue de las tropas estadounidenses. Mientras que Operaciones Especiales debe continuar la búsqueda de pistas de información específica de inteligencia, la gran mayoría de nuestras propias tropas debería estar en estado acuartelado, como destacamentos de retaguardia para respaldar la seguridad. No necesitamos enviar a ningún joven estadounidense en misiones de búsqueda y aniquilación que invitan a la alienación y profundizan los riesgos que ellos encaran. Los iraquíes deben tener sus propios policías. Los iraquíes deben tener sus propios investigadores de hogares iraquíes. Los iraquíes deben defender Iraq. Nunca tendremos la seguridad que deberíamos tener si Iraq continúa distrayéndonos de la guerra más importante que debemos ganar: la guerra contra Osama bin Laden, Al Qaeda y los terroristas que están reapareciendo aún en Afganistán. Estos son los meses de éxito o de ruina para Iraq. El Presidente debe tomar un nuevo rumbo, y obligar a los iraquíes a responder. Si el Presidente aún rehúsa, el Congreso debe insistir en un cambio de política. Si tomamos estos pasos, no hay ninguna razón que impida finalizar este difícil proceso en un período de 12 a 15 meses. No hay ninguna razón que impida que Iraq pueda ser suficientemente estable, ninguna razón que impida que la mayoría de nuestras tropas de combate puedan regresar pronto a casa, y ninguna razón que nos impida adoptar un nuevo rol en Iraq, como un aliado en vez de un ocupador, capacitando a los iraquíes para que se defiendan ellos mismos. Sólo entonces habremos aportado un liderazgo igual al sacrificio de nuestros soldados, y eso es lo que se merecen.
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